Desde el 1 de agosto, día en que se produjo la desaparición forzada de Santiago Maldonado, los argentinos hemos asistido a un bochornoso espectáculo con el que se intentó esfumar su ausencia fabricando materialidades espurias y mediáticas.
Desde el primer día y con enorme tesón, una parte mayoritaria de la prensa recuperó aquellos viejos reflejos condicionados que con el que disciplinaron sus plumas en los Años 70 y se propuso reemplazar la indeterminación del destino de Santiago con aparentes apariciones aquí y allá.
A Santiago se lo había visto en un camión, o transitaba por la Mesopotamia o vagabundeaba en las tierras del fin del mundo.
Sin ningún reparo por respetar una mínima seriedad periodística, se consagró como verdades a trascendidos y versiones. Humo y pompa. Inverosímiles con los que se intentó suturar en forma relativamente indolora cualquier posibilidad de sostener en tiempo presente la pregunta tantas veces formulada en la Argentina ¿Dónde está? ¿Quién se lo llevó con vida?
Así, prensa y gobierno recorrieron todos los pasos del Manual de la estigmatización del Otro. Lo hicieron sin remordimientos, plenamente conscientes de la caricaturización que se hacía de los testigos y de las infamias con las que se protegía a los perpetradores de una violación a los derechos humanos.
Pero -aunque le duela a los cancerberos- la memoria es aliada de la verdad. Aun cuando la justicia tarde y se acomode a los deseos del poder.
El tiempo está a favor de los pequeños, dice Silvio Rodríguez.
Porque si el descaro de intentar naturalizar una desaparición ya lo hemos vivido. También sabemos de las resistencias. Es la enorme dignidad de la familia Maldonado, el temple de los organismos de derechos humanos, de algunos pocos comunicadores sociales y de un movimiento popular plural quienes están frustrando el objetivo de la impunidad. Y será la continuidad de estas luchas las que colocarán a los gobernantes, gendarmes y jueces en el banquillo de los acusados.
Por lo leído y visto en estas horas, asistimos al fracaso (todavía parcial pero decididamente patético) del intento de escamotear a la atención pública la responsabilidad de la institución Gendarmería Nacional en la comisión de este delito.
Son, ahora, los rostros de dos perejiles gendarmes los que se ofrecen en bandeja desde las tapas de los mismos diarios que hace días, solamente, exoneraban al Estado de cualquier responsabilidad en lo acontecido.
Se entregan gendarmes para salvar a la Gendarmería.
Todo pretenden reducirlo a la consecuencia no deseada de excesos en el uso de la fuerza. Probablemente fue alguien enojado el que decidió convertir a ese ser humano en blanco de su bronca en medio del río Chubut.
Y ahora, quienes todo lo negaban, hacen como que hablan. Tenemos a un presidente “enojado” y a una ministra que descubre “inconductas”. Pura farsa, escenificada para sostener el pacto de silencio.
Lo evidente es que estamos asistiendo a una de las tantas consecuencias (y no la última) de las palabras y órdenes de los funcionarios políticos que, desde el primer día, alimentaron en las fuerzas de seguridad la sensación de que “ahora sí”, con este gobierno, se podía hacer lo que se “debía”.
Este deber ser de la Gendarmería consiste en protegernos cada vez menos y en reprimir cada vez más.
Esperablemente, una parte de la sociedad se resiste a reconocer que deba ser su destino. Custodiar a una presa política como Milagro Sala. Realizar allanamientos violentos en comunidades mapuches. Desaparecer a un ciudadano y luego encubrir el hecho.
Siguen diciéndonos que no es la Fuerza. Que son esos tipos sueltos, que brotaron de la nada, sin ser agenciados por ninguna práctica o discurso que los impulse a convertir a un ser humano en una cosa que se desecha.
Los escribas del poder mandan: no miren al pasado y no convoquen las inconvenientes palabras de Juan Pablo Cafiero, quien fue designado Ministro de Seguridad bonaerense luego de la Masacre de Avellaneda. Cafiero reconoció que antes del asesinato de Kosteki y Santillán había un discurso previo que transmitía la idea de la represión, del estado de guerra. Dijo que sí las fuerzas de seguridad reciben ese discurso lógicamente van a actuar en función de ese discurso” y señaló que “las fuerzas de seguridad son como perros de presa que si uno los tiene con el collar corto van a obedecer pero que si uno los suelta son capaces de cualquier cosa”.
Por Jorge Perea








